Por Lucía Sabini Fraga*

Esta frase resuena mucho en los medios misioneros, televisión, portales de internet, entrevistas varias, diarios. Dirigentes propios y ajenos. Ajenos, del gobierno nacional, me refiero. Y allí radica la primer definición que me interesa señalar: en Misiones la “oposición” que gobierna la provincia, no es oposición.

Sacando honorables excepciones –algunos partidos y movimientos sociales combativos, ciertos sindicatos, el movimiento activo de mujeres–, gran parte de la clase política misionera se recluye en los problemas locales como forma de ocultar o negar las crisis nacionales que atravesamos. Por supuesto, en un país tan poco federal, es un acierto reivindicar las cuestiones propias, mirar para adentro y entender que los problemas de otras regiones –generalmente de la capital– no son necesariamente los nuestros y viceversa.

El problema es cuando esa mirada, más que propiciar discusiones sobre las necesidades concretas y específicas de las comunidades y de los sectores populares, sirve para achicar la mirada y evitar la crítica. Sirve sólo para construir consenso interno y sobre todo, hegemonía local para que el poder siga concentrándose en pocas manos.

Nuestros representantes misioneros a nivel nacional (con la única excepción de Cristina Britez) votaron las medidas más anti populares y política y económicamente más reprochables de Cambiemos desde que asumió como gobierno en Diciembre del 2015. La Renovación optó por un accionar y un discurso de “gobernabilidad” que permitió dar rienda suelta a medidas como el pago a favor de los fondos buitres, el apoyo a la reforma previsional que perjudica a los jubilados, en contra de la interrupción voluntaria del embarazo, no dando quórum en sesiones claves, el apoyo al pacto fiscal, o votando el Presupuesto para el 2019. Varias de esas sesiones empañadas por palos, golpes, gases lacrimógenos, y detenciones arbitrarias de una policía desatada fuera del Congreso de la Nación ante movilizaciones realmente masivas.

Y el problema, insisto, no radica en el voto en sí, sino las justificaciones que se utilizan. Lo primero puede responder a una mirada ideológica completamente distinta –lo cual hay que aceptar en el juego democrático–. El detalle en este punto es que la fuerza local gobernante ganó sus votos con una retórica asociada al gobierno anterior de signo opositor (Kirchnerimo) y formando en el 2015 un frente con el Frente Para la Victoria desde el cual se acompañó a Daniel Scioli como Presidente; con lo cual, a priori, se podría pensar que traicionaron a gran parte de su electorado. Pero retomando el segundo punto, las justificaciones demostraron más cuestiones acomodaticias que de firmeza ideológica. La gobernabilidad suena más a excusa que a posicionamiento democrático.

No contentos sólo con las votaciones cruciales, también somos una de las provincias que anunció acuerdos con bombos y platillos, recibiendo a cuanto funcionario se acercó –incluyendo varias veces al Presidente– con gran cantidad de gestos recurrentes de amistad.

La postura oficial que declama la búsqueda de los intereses misioneros por sobre toda discusión (de allí la construcción del misionerismo como identidad política), hablando de madurez política e institucional, disfraza una realidad más concreta: la imperiosa necesidad de no debatir política, de no tensionar relaciones con el gobierno de turno. De permanecer en la quietud para conservar los espacios de poder adquiridos. Mientras menos toco allá, menos me tocan acá.

¿Y la política?

Más allá del juego que decidiese optar la fuerza gobernante local, preocupa la mirada de la clase política joven de la provincia.

Hay un conformismo desmedido, una necesidad de no tocar demasiado los intereses existentes. Esa falta de agudeza y astucia, de creatividad política y de irreverencia, al contrario de lo que muchos podrían suponer, que garantiza la paz, incuba una aparente calma, que puede llegar a anteceder a una tormenta.

La política para muchos de nosotros es la herramienta que elegimos como sociedad para transformar, para cambiar lo que deba ser cambiado en pos del mejoramiento de las mayorías. Es la forma que elegimos de vincularnos y de encontrar acuerdos como comunidad. Por lo tanto la matriz ideológica con la que se toman decisiones, no es un detalle: será parte del resultado.

Si, en cambio, la política solo sirve como un corset institucional o discursivo, estamos en un problema.  Ni hablar cuando se entiende como el uso de espacios institucionales para los intereses propios o de un pequeño grupo. Ahí ya estamos perdidos.

Cuenta regresiva

En un momento de crisis económica en aumento, deuda desmesurada y serias grietas en lo político, no es momento para tibieces, para mirar para el costado y refugiarse en los nichos seguros. No somos ni vivimos en una isla, y los resultados que atañen a toda la nación nos atañen a nosotros.

Saber defender las conquistas que el pueblo ganó en la calle –también con leyes, en las instituciones– es un imperativo para el pueblo de conjunto. Y debería ser la guía de la clase política que realmente quiere gobernar para las mayorías. Decir que se gobierna para muchos pero después hacer política con y para aquellos que gobiernan para pocos, suena demasiado incongruente como para tener sentido.

Los riesgos de esta política que omite el desbarajuste futuro pero que prefiere “construir” y “crear unidad desde el disenso” omite lo que significan proyectos políticos opuestos. Hay conciliaciones que no se pueden unificar: no nos puede ir bien a todos, o al menos no en lo que cada uno entiende por “bien”. A la concentración de tierras a manos de grandes empresarios,  y a los pequeños productores de la economía popular; a la industria nacional, y a la apertura irrestricta de importaciones; a la soberanía nacional, y a los intereses del Fondo Monetario y la banca internacional de la mano de la especulación financiera. La torta es una, el tema es ver cómo se divide.

Hay que dejar de pensar –y decir– que  si le va bien a Macri nos va bien a todos.  El Presidente y su gabinete no gobiernan para todos, sino para sectores de poder muy específicos: financieros, de organismos internacionales, multinacionales y los grandes bancos. Ese es el ring de donde vienen, desde donde siempre jugaron, y desde donde ven el mundo.  A esta altura de la historia, seguir creyendo que la gestión o las medidas políticas no se traducen en lo ideológico o en el proyecto de país que se construye es una ceguera, una mentira o una estupidez.

Aprendamos de la calle

Que la clase política aprenda ese idioma también: en nuestro país el movimiento de mujeres y los sectores de la economía popular fueron los grandes dinamizadores de los conflictos y las luchas políticas de los últimos años.

Sin embargo, en la provincia se la escucha por la mitad y a regañadientes. Saludo fuertemente la ley de paridad que se expresó hace pocos días en Misiones –que, dicho sea de paso, fue propuesta del Partido Agrario y Social en el año 2015, y recién un año después retomada por el bloque de la Renovación que presentó un proyecto propio, al que le siguieron otros, y que recién ahora a fines del 2018 decidieron aprobarla, anotándolo como logro propio–.

Así todo, no podemos dejar de contrastarlo con las prácticas machistas vigentes en los espacios políticos gobernantes –nacional y provincial–, y con el rechazo a leyes que ponen en discusión las decisiones de la mujeres (el ex Gobernador Maurice Closs aseguró que en Misiones hay muy pocos registros de muertes por abortos como una de sus razones para votar en contra, olvidando que en la misma provincia hay 200 niñas menores de 15 años obligadas a parir durante el último año).  Para pensar a las mujeres, no solo hay que hacerlas hablar de “género”, hay que dejarlas hablar de política. Y eso se hace no sólo ofreciendo espacios, sino corriéndose de los propios.

A todas estas cuestiones hay que sumarle el hecho de que cualquier disputa institucional está todavía enmarcada en la vetusta Ley de Lemas, verdadera arquitectura electoral que no permite el recambio ni la incorporación de nuevas voces al ámbito político representativo.

Así es como se mantiene la obediencia. En los recintos, en los espacios, en la confección de la política. Hay que desterrar la lógica de los cambios concedidos “sólo por arriba” donde la militancia o los simpatizantes del partido se limitan a aplaudir lo que hacen sus referentes o jefes, en vez de impulsar los cambios por abajo.

Se nos vienen tiempos difíciles: pareciera que el mundo se polariza nuevamente. Las derechas blandas también tienen fecha de vencimiento, solo observar el ascenso del fascismo y las políticas más duras discursiva y militarmente cómo están haciendo mella. Y la respuesta no es agacharse, hacernos los distraídos. Hay que redoblar el esfuerzo, redoblar la política. Imitar al movimiento de mujeres que todo lo arrasa, que todo lo cuestiona.

Hay que atreverse, no nos queda otra.

 

* Comunicadora social. Militante de Patria Grande Misiones.