Antes de empezar, un par de avisos sobre el uso de las palabras en esta opinión. Entiendo que “política” y “economía” son conceptos muy amplios y aquí los usaré de manera coloquial. Si hablo de “política” me refiero a cualquier asunto público y a los intentos y esfuerzos por representar a los ciudadanos y obtener (directa o indirectamente a partir de los votos) cargos. En tanto, si digo “economía” me refiero a todas las actividades onerosas que lleva adelante el ser humano: desde un monotributista o trabajador de la economía popular hasta una multinacional, o los gigantes como Alphabet Inc., Aramco o Tencent.

No tengo la formación ni la capacidad para discutir la estructura y mecánica del mundo, pero puedo arriesgarme a señalar que no le prestamos la atención correcta a algunas cosas que están sucediendo. Soy licenciado en Ciencia Política y tuve la fortuna de disfrutar a profesoras como Mara Pegoraro que me enseñaron, entre otras cosas, que debemos tener un compromiso con la democracia y que no hay que “pontificar negativamente sobre lo que hace la política”. Seleccioné unos minutos de ella hablando sobre ser politóloga en la Argentina y lo que le sucedió luego de la crisis del 2001, la relación entre la Ciencia Política y el poder.

Dicho esto, a las cosas.

Sin embargo, nunca supe de alguien como vos

“El mundo es tan chico”, decía una canción de 1993. Irónicamente, casi veinte años después y en medio de una pandemia, pareciera sonar de fondo en casi todo lo que escuchamos o leemos. No redescubrimos solamente la silla no registrada de Thomas Edison como Homero, sino que vamos por la lamparita y por la discusión entre la corriente continua y la corriente alterna de Nikola Tesla. No faltará quien redoble la apuesta y exija que su casa tenga corriente continua, aunque esto ponga en riesgo su vida. El mundo es enorme. De hecho, fue medido correctamente hace más de 2.200 años sin satélites ni GPS.

Desde el punto de vista de la política y la economía el mundo también es enorme. Y debería sorprendernos el parroquialismo (“mirada chiquita”, en lenguaje politológico) que impera en la mayoría de las discusiones. Los cambios a nivel mundial suceden cada vez más rápido. Los avances tecnológicos y las novedades en todas las ramas de la actividad humana son apabullantes, y al mismo tiempo miles de millones de personas dependemos de sistemas relativamente precarios.

Hace poco un barco con containers trabó el canal de Suez. Si algún grupo terrorista quisiera generar el caos absoluto en nuestra escala, es decir, en Argentina, podría simplemente tomar la Ruta provincial 11 (Buenos Aires), manejar hasta Las Toninas y destruir los cables que conectan a todo el país con la fibra óptica. Sería un homenaje al noventoso personaje de Snake Plissken en Escape from L.A. que nos “devolvería a la Edad de Piedra”.

Con el tema de las vacunas no hizo falta ningún plan maligno: el mundo simplemente no poseía la capacidad instalada para fabricar en pocos meses las dosis necesarias para hacerle frente a un evento como el Covid-19. La demanda y la distribución de capacidades productivas no justificaban otra cosa. Hoy sabemos que esta no será la última pandemia y que cada cierta cantidad de años harán falta entre 10 y 20 mil millones de dosis para inmunizarnos a todos.

Mal de muchos, consuelo de tontos

La vertiginosidad, la precariedad y la incertidumbre que nos ofrece el mundo no debe resignarnos. Los riesgos y las amenazas se conquistan con mayor facilidad si no se los enfrenta en solitario. Sin embargo, como no nos alcanzan los problemas sobrevinientes, le agregamos dificultad a la hora de buscar las soluciones.

No hay que dejarse engañar por lenguaraces. Aplica esa frase tan facebookeable: “para todo problema complejo hay una solución clara, simple y equivocada”. Busqué el origen de esa adaptación y la encontré en el libro Prejudices: Second Series (1921) de Henry Louis Mencken: “Existen explicaciones; han existido desde siempre; siempre hay una solución bien conocida para cada problema humano: clara, plausible e incorrecta.”

La relación entre la cantidad de información a la que accedemos, la precariedad ya mencionada, y la propagación de lenguaraces que nos ofrecen todas las soluciones en bandeja, generan una expectativa incumplible frente a la realidad: si las soluciones están al alcance de la mano y sólo dependen de la volición de los funcionarios (empezando por el Presidente, por supuesto) entonces es que cualquiera, desde su casa, es más inteligente y sólo le queda el detalle de ganar las elecciones y todos seremos felices “por ley”.

Hay innumerables decisiones que no podemos tomar en conjunto ni cada uno en soledad, sino que necesariamente dependen de personas que elegimos a través del voto popular. “La democracia es un sistema para digerir los no consensos”, dijo hace poco en una buena entrevista el economista y ex viceministro de economía, Emmanuel Álvarez Agis.

Llegamos a una dimensión en la cual somos todos iguales.

No tan distintos

Me refiero al factor humano. Steve Bannon fue jefe de campaña de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016 y asesor en el gabinete presidencial hasta agosto de 2017. En American Dharma (2019) dice que “la cultura está río arriba de la política”. Esto quiere decir que la política puede (y de hecho lo hace) aprovechar ciertas dinámicas culturales para luchar por la obtención y el mantenimiento del poder.

En la Argentina tenemos algo llamado grieta o polarización emocional (también llamada radicalizada). Aun si la grieta fuese la herramienta con la que se topó la política para imponerse entre la economía y la conducción estratégica del país, sería igual de cierto que no es posible alcanzar el crecimiento sostenido y sostenible, ni la prosperidad que precisamos como nación, para que todos los ciudadanos vivan bien.

Nuestro país deja afuera al 50% de la población. ¿Por qué? Porque la economía es un sistema: la tasa de interés, el tipo de cambio, la emisión monetaria, la inflación, la rebaja de impuestos a una determinada actividad, etcétera, afectan y benefician de desigual manera a todos los actores de la economía nacional. Lo que para algunos es favorable, para otros puede significar la quiebra. La competitividad de los salarios, la inflación y el dólar, por nombrar tres variables cruciales, obligan a una alquimia muy fina. Lo que no cambia es que Argentina es una nación en un concierto de naciones y que debe perseguir sus intereses por sobre cada interés privado particular. Argentina debe encontrar su camino.

Voy a ser un poco aguafiestas. Primero, las acciones de los políticos suelen ser mucho menos irracionales de lo que nos serviría que fuesen si quisiéramos clausurar el debate con frases como “la política es malísima, son todos [inserte puteada]”. Segundo, los políticos salen de la misma sociedad que pretenden representar (de hecho utilizan encuestas, sondeos, focus group, y otros insumos para construir un perfil). Y tercero, tampoco es que sean una especie de ajedrecistas fríos, ambiciosos e intrigantes que maximizan sus esfuerzos con tal de dañar a otros y tener la suma del poder público.

Plantar una semilla

Voy a hacer lo opuesto a lo que garpa y, por eso, a partir de ahora no le voy a hablar a nadie ya que me han dejado de leer. No voy a dar ninguna certeza ni a solucionar ningún problema, pero voy a relacionar dos cuestiones que parecen no tener nada que ver: las semillas transgénicas y los perros.

¿Qué tienen en común? La intervención del ser humano. Por un lado, tenemos a los perros, descendientes de los lobos que cohabitaban y competían con los humanos de hace miles de años y, por el otro, una semilla modificada resistente a la sequía, lo que mejora la producción y la hace más resiliente a las adversidades climáticas.

El mundo no es solo un lugar enorme, extraño y complejo. Es, además, contradictorio. Necesitamos dejar de contaminar y para ello necesitamos de la minería. Necesitamos una provisión constante de alimentos para entre 8.500 y 11.000 millones de seres humanos (es la proyección de la población mundial de las próximas décadas) y conservar el medio ambiente para no terminar calcinados por el sol.

La Argentina es inmensa, pero concentra al 35% de su población en menos del 2% del territorio. En este contexto, la dirigencia política tiene que dejar de echarse culpas y dedicarse a gestionar los riesgos ya que ninguno de nosotros puede hacerlo solo, mucho menos en una asamblea permanente de 45 millones de personas, y nadie obliga a nadie a presentarse a elecciones. Argentina queda lejos de los países que pueden impulsar la demanda de nuestros productos y servicios, hay que acercarla a fuerza de políticas que mejoren la infraestructura y la logística de nuestro país.

Somos un país que necesita encontrar su lugar en este mundo, y para eso también necesitamos salir de las discusiones “entre el decadentismo, la indignación estéril y la nostalgia”. De nuestra parte, ojalá que no sea tan difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo en algunas cosas. Mientras tanto, tenemos que hacer como el historiador Alejandro Galliano y decir “basta de distopías”.

Las comparaciones son odiosas

La Ciencia Política no sirve “para contar bancas en el Congreso”. Sirve, entre otras cosas, para aprender en base a comparaciones útiles. ¿Cómo sabemos que EE.UU. es la mayor potencia militar del mundo? ¿Cómo sabemos que América es el continente más desigual y África el más pobre? ¿Cómo sabemos que Noruega ocupa el puesto 1 en el ranking de países con mayor índice de desarrollo humano? Comparamos en base a una serie de indicadores.

Comparamos para evaluar los desafíos, valorar los resultados y acumular conocimiento. Para reducir drásticamente la pobreza, Argentina necesita generar cientos de miles de puestos de trabajo cada año, aumentar sus exportaciones y crecer de forma constante, sostenible y sustentable y establecer una orientación estratégica clara de inserción en el mercado internacional.

No hay “soluciones bien conocidas” para los problemas de Argentina. No hay “dos o tres cosas que hicieron todos los países y que solucionaron sus problemas”, no hay magia. La élite nacional debe redoblar sus esfuerzos para encontrar nuevas respuestas y soluciones a los problemas de nuestro país. Y tiene prohibido alegar que no hay ideas nuevas.