La cumbia entre la gedencia, la fiesta y la tristeza. La cumbia suena en cualquier fiesta. Nosotros vivimos la novedad de la cumbia villera: el paso de la cumbia romántica, la cumbia de los 90 -de pelo largo, traje y color- a la cumbia que nació en los pasillos de la villa. La cumbia hija de la villa pero también del conurbano. Herencia, transición y margen.

Una vez Bobi Flores dijo que la cumbia le ganó al rock, tenía razón. El rock que era aguante y rebeldía, que supo incomodar y sorprender, que también tuvo su surgimiento en las orillas de la ciudad y le puso ritmo al conurbano fue opacado por la cumbia. Al final de los noventa las guitarras y las baterías daban lugar a los teclados y los güiros, todos nos movíamos al ritmo del bajo lento, hipnótico y oscuro de la cumbia villera. Yo detestaba la cumbia, y hoy si hay algo que me hace bailar, es la cumbia.

Todos nuestros cuerpos fueron marcados por su sonido, por una sensación de fiesta algo oscura, de vino y cerveza a las 3 de la mañana. La cumbia está borracha, nosotros también. La cumbia villera le ponía ritmo a los ladrillos naranjas y las calles de tierra, un ritmo oscuro y triste que nos alegraba. A mí no me gustaba pero ignoraba que hablaba de la época que me tocaba, y por lo tanto hablaba de mí.

Las letras escandalizaron al principio. Su lírica atravesaba temas que aunque no eran nuevos no habían tenido voz hasta ese momento. En realidad el punk se adelantó a la cumbia. Un estilo que también le puso ritmo al conurbano y del cual la cumbia villera quizás haya recibido alguna influencia, al menos en sus letras. Nueva argentina, nuevos sujetos, nueva estética. Los pibes chorros, las borrachas, los gedes, las Laura, las Mabel, los tumberos y la yerba eran los nuevos personajes. Nosotros cantábamos y nos reíamos con ellos. Nos reíamos en medio de las drogas, de los lúmpenes que aparecían (pegamento, paco…), del escavio (vino Diamante y cerveza la Diosa). Nos reíamos en medio del baile y de las vueltas a casa a las 6 de la mañana.

Sin embargo, las letras que escandalizaron al principio, la propia cumbia se encargó de diluirlas. Recuerdo un amigo que en una fiesta con respecto a una letra de una banda, me dice: “qué que levanten la mano, a mí dame bardo”. En el secundario, triunfaba de forma aplastante la estética cumbiera, de repente garpaba ser chorro. Todos teníamos un nuevo lenguaje y una nueva pose. Yo lo miraba de afuera, o eso creía. Nos distanciábamos sin saberlo, quizás, del rock complejo y poéticamente abstracto de los 70, del pop sintético de los 80; a nosotros nos tocaba ver como la cumbia desplazaba al rock. Éramos hijos de una transición musical, en un país también en transición.

Todo esto había sido captado en el personaje principal de la serie Okupas, en Ricardo, un estudiante de medicina, de clase media, que deja la carrera para parar con los pibes. Curiosamente la serie no está musicalizada con cumbia.

Yo sin embargo hice el esfuerzo por hacer el camino contrario. Me fui del conurbano para capital. Empecé a estudiar en la facultad y por primera vez sentí que la realidad era un espejo. La cultura me entraba en el cuerpo y me dolía. Parecía que todo me hablaba de un origen que yo nunca había sentido como tal. No fue hasta ese momento que me di cuenta de algo de mí: el tercer cordón existía, yo venía de ahí. Por último, supe que la cumbia, su gedencia había triunfado en mí cuando un rockero inglés dijo que venía a la Argentina para liberarnos de nuestra música de mierda. Entre el rockero inglés y la gedencia autóctona me quedé con los gedes… Pero claro, ese es todo nuestro drama.

 

Colaboración especial de Lucas Ortiz

Fotografía: Positivo/Negativo