Progreso científico, lucha de clases, ánimo de lucro, cooperación, deseo. ¿Qué es lo que hace al mundo andar? Despejemos las respuestas obvias por un rato y pongamos en ese lugar una de las pulsiones humanas más desprestigiadas. Marx, Foucault, Hannah Arendt, Virginia Woolf, Bertrand Russell, Borges y Francisco, entre otres, se dan cita en un canto a la ociosidad.

 

¿“El trabajo libera”?

La frase estaba inscripta en la puerta de varios campos de concentración y exterminio nazi. El llamado al orden, la laboriosidad, están ligados al desarrollo de la modernidad. La relación entre pereza y exclusión, también. Las primeras instituciones parecidas a lo que hoy conocemos como cárceles tienen como antecedente las llamadas workhouses de Inglaterra o establecimientos similares en Holanda destinados a alojar mendicantes y gente que no podía sustentarse, según informa Foucault en Vigilar y Castigar. Hay algo intolerable en conductas emparentadas a la pereza: vagabundeo, holgazanería, inutilidad, inoperosidad.

Estos conceptos se dotan de significado por oposición a trabajo productivo: pero el descanso es condición de este, por lo que ambos están íntimamente vinculados y, aun así, el trabajo tiene mejor reputación. “Sin embargo -dice Virginia Woolf en Una habitación propia-, es a veces en nuestro ocio, nuestros sueños, cuando la verdad sumergida sube a la superficie”. Un par de siglos antes, Pascal había escrito: “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”.

El maridaje entre capitalismo y discursos productivistas es una verdad de perogrullo. Pero las determinaciones históricas no son tan lineales. En el desarrollo desigual y combinado de las culturas, la pereza, el ocio o el tiempo libre fueron impugnados y revindicados, por lo que no necesariamente deben pensarse en su modo usual.

En la lengua Aymara hay un ancestral precepto: “Ama Suwa, Ama Llula, Ama Quilla”: No robar, no mentir, no ser flojo. Los reproches trans-históricos a la holgazanería pueden dar lugar a suponer que el trabajo es un valor humano positivo universal. Pero, desde luego, no da igual en una economía de subsistencia y comunidad de bienes que en una de acumulación privada.

Hannah Arendt recuerda en La condición humana que relativamente pocos pensadores antiguos elogian el trabajo y que todas las palabras europeas que indican labor, como la latina y la inglesa, la griega ponos, la francesa travail, la alemana arbeit, significan dolor y esfuerzo.

Bertrand Russell escribió un Elogio de la ociosidad. Ahí dice que el deber siempre fue un medio del poder para inducir a los demás a vivir según sus intereses. Y que ha sido la necesidad de mantener contentos a los pobres la que ha impulsado a los ricos a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo cuidado de mantenerse indignos a ese respecto. Lo dijo mejor aún Cantinflas, con latinoamericana claridad, en Ahí está el detalle: Si el trabajo fuera bueno ya lo tendrían acaparado los ricos.

Entre la moderna crítica al trabajo y la exaltación del ocio desde la antigüedad, emergió una modesta pero interesante tradición de lectura sobre la pereza. El célebre pintor ruso Kazimir Malevich llegó a distinguirla, en un breve opúsculo, como “verdad inalienable del hombre”. Según el habitante de la URSS, el socialismo se obsesionó con el capitalismo porque éste engendra perezosos. “La maldición del trabajo arrojada por Dios -dijo- recibió en los sistemas socialistas la más alta bendición”. Había que competir con el capitalismo. Así, Trotsky llegó a proponer un régimen militarizado de trabajo forzoso y a coquetear con el esclavismo.

Que laburen los robots

Alguien dijo que el motor de la historia es la lucha de clases. La sentencia prefiguró un mundo y todavía se discute qué quiere decir precisamente. El marxismo tuvo una relación ambivalente con el trabajo. Fomentó una moral revolucionaria que lo jerarquizó como ordenador social, asociando desarrollo económico y progreso, y, por otro lado, focalizó la lucha en mejoras de condiciones de trabajo y en particular la reducción de la jornada laboral.

En un análisis de su más divulgada interpretación, Damian Celsi declaró que el marxismo pensó la humanidad como humanidad que trabaja, pero que no es una definición de humanidad que necesariamente haya que acoger. Celsi recupera a Jean-Luc Nancy que, en La comunidad inoperante, buscó las limitaciones de ese enfoque antropológico: el que trabaja es autosuficiente y la autosuficiencia lleva a la no-necesidad del otro.

Es irónico y hasta divertido que uno de los grandes defensores de la pereza haya sido el yerno latinoamericano de Marx. El cubano Paul Lafergue escribió quizás el más célebre manifiesto sobre el tema, El derecho a la pereza. Su tesis puede resumirse en este fragmento:

“A medida que la máquina se perfecciona y quita trabajo del hombre con una rapidez y una precisión crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso proporcionalmente, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!”

Por ese entonces ya se escribía sobre el “derecho al trabajo”. La crítica de Lafargue apuntaba a esa centralidad, que ya imperaba no solo en la economía política clásica sino también en el movimiento de crítica a esa economía liderado por su suegro, que veía al trabajo (no alienado)  como “condición de vida del hombre”.

Antes de Marx, los socialistas utópicos imaginaron un mundo reconciliado guiado por principios éticos. Racionalmente, los seres humanos nos organizaríamos en cooperativas para compartir lo producido con el auxilio de la técnica. En sus sueños más osados, algún día laburarían los robots y podríamos dedicarnos a la contemplación del mundo.

Curiosamente, varios de sus exponentes eran empresarios. Sus ideas hoy suenan ingenuas e históricamente resultaron impracticables, pero su huella no deja de aparecer de distintas formas. La fascinación en torno a figuras como Elon Musk o Bill Gates pueden ser un ejemplo.

Al calor de la revolución industrial también surgió un movimiento llamado ludismo (que se extendió hasta la actualidad en diferentes movimientos “neoluditas”). Los luditas le declararon la guerra a las máquinas, organizaron sabotajes y alertaron sobre la automatización. Su actitud, vista desde hoy, parece cándida y razonable al mismo tiempo. La ciencia propone hace siglos el progreso y, si bien se han logrado avances y desarrollos casi imparables, nunca fuimos una especie tan desigual y auto-destructiva. Podemos llevar personas a la Luna pero todavía no podemos poner un plato de comida en cada mesa. Al parecer, la respuesta no es tecnológica.

Aunque sus alusiones a la idea de trabajo puedan inspirar diversas conjeturas, Marx fue otro fan del desarrollo científico y también consideró que el fin era el tiempo libre (“El reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos”). Así que, aunque le costara reconocerlo, no estaba tan en desacuerdo con su yerno. Solo que antes la humanidad debía pasar por el gran escarmiento.

La lucha de clases como motor de la historia resultó simplificada, fetichizada, reificada, esquematizada. Y en un mundo cuya tendencia no es precisamente avanzar hacia la igualdad, ser de izquierda ya no cuesta necesariamente la vida, pero sí un trabajo espiritual que no depara un lugar confortable en la sociedad. Exceptuando a quienes consiguen ganarse el pan pregonando la dignidad humana, plantarse contra las injusticias todavía está lejos de ser un buen curro.

Pero no todo en la historia del marxismo es vulgar economicismo. Cuando al Che Guevara, gran cultor de la moral heroica y promotor del trabajo voluntario, le tocó ser Ministro de Industrias de Cuba, dio un discurso en el que hizo suyas las palabras del poeta León Felipe, dejando claro que su concepto no cuadraba con el que se ha dado al trabajo en la modernidad:

“Pero el hombre es un niño laborioso y estúpido / que ha hecho del juego una sudorosa jornada / Ha convertido el palo del tambor / en una azada, / y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo / se ha puesto a cavarla (…)”

Tiempos muertos

El neoliberalismo, tras su fallido fin de la Historia, no la tiene mucho más fácil. Si bien ha logrado imponerse -a sangre, fuego y best sellers de autoayuda-; como señala Byul Chung Han, genera una “sociedad del cansancio”: casi nadie está a la altura del estereotipo emprendedor.

Vemos imágenes de éxito y superación, pero casi nunca nos enteramos de las historias de frustración que hay detrás. El discurso emprendedurista, dice Sousa Santos, le da glamour a la precariedad. Sin embargo, entre una cosa y la otra, algo queda. Una incomodidad ante el mundo. Una inconformidad que no logra ser articulada en un proyecto emancipador.

Dormir la siesta, tomar tereré bajo un árbol, contemplar una carrera de gotas en el vidrio de una ventana, disfrutar de vacaciones sin viajar a ningún lado, ranchar, hacer fiaca, morzear. Al capitalismo no le gusta esto. Disponerse a disfrutar de ocio real es un acto de rebeldía. De hecho, negocio es etimológicamente la negación del ocio, que significa sin recompensa. Algo bastante parecido al altruismo.

El tiempo libre sigue siendo algo por lo que vale la pena luchar. Un pequeño y cada vez más diminuto espacio de resistencia que se sustrae a la lógica del mundo. Un mundo que se las ingenia para hacernos trabajar incluso cuando no trabajamos; a llevar publicidad en nuestros cuerpos; a alimentar grandes bancos de datos; a mover la rueda del consumo aún en nuestro descanso. La empresa Netflix ha declarado que su principal competidor es el sueño.

“A las personas que evitan realizar cualquier actividad de las cuales el beneficio no sea al instante se les llama vagas, perezosas, holgazanas, haraganas, procrastinantes o dejadas”, dice la entrada para Pereza en Wikipedia. En un orden social basado en la obligación de trabajar por una luz al final del túnel que no llega y que nos deshumaniza, alguna forma de disidencia contra el trabajo puede tener un valor re-humanizante.

El mañana ya no tiene la misma connotación que en la Era de las revoluciones. Los imaginarios de porvenir tienen la forma de un drama apocalíptico. El futuro ha muerto; o, por lo menos, se ha transformado en un zombie. Ya no hay saltos indiscutibles ni garrochas universales. Por supuesto que existen subversiones y subversiones a eso que podemos llamar el ciclo del trabajo y el descanso, como las que recuperó poéticamente Ranciere en La noche de los proletarios. Pero pensar la revolución en términos actuales, quizás se acerque más a la noción de socialismo como freno de mano de la historia de Benjamin o a las teorías del decrecimiento desarrolladas por la ecología política.

El mayor logro histórico del movimiento obrero fue reducir la jornada laboral a 8 horas. Pero en las complejas sociedades en las que vivimos ya no es suficiente pensar en esos términos fordistas. A quienes luchan por defender sus condiciones de trabajo, se les suma una gran masa que desearía formar parte del bando explotado. Cuentapropistas, changarines, cartoneras, trabajadoras de casas particulares, encargadas de tareas de cuidado. La economía popular. Gente que, a pesar de trabajar más y ganar menos, tiene que soportar la estigmatización de ser considerada vaga si osa movilizarse en reclamo de sus derechos básicos. A la que se agrega un amplio sector precarizado, monotributista, freelance, que trabaja con información, conformando el denominado cognitariado, solo distinguible por su capital cultural.

La pandemia colaboró en desnudar formas de trabajo invisibilizadas y a repensar nuevos formatos productivos. Pero los beneficiarios de las injusticias todavía no están listos para esa discusión y la construcción de una legislación que garantice algún tipo de salario básico universal o regule dignamente el trabajo remoto todavía no constituyen avances en sí ni un cambio de paradigma, sino nuevos intersticios de la vieja lucha entre capital y trabajo.

Divina controversia

No es la cultura del trabajo lo que está en crisis, sino la cultura del descanso. La misma preocupación por el trabajo lo confirma. Lo que está en riesgo son los feriados, las vacaciones, el tiempo de ocio y de fiesta. De ahí que el catolicismo, histórico enemigo del liberalismo, pueda ser un aliado táctico en esta disputa.

La idea de que el trabajo dignifica, el mandato de conseguir el pan con el sudor de tu frente, estuvo en el corazón cristiano y productivista del peronismo, en la ética protestante de la salvación por el trabajo y también en la moral comunista. Hoy compite con una noción idealizada de libertad financiera que tributa en las arcas de la autoexplotación para oponerse al trabajo como sistema de derechos que se construyó en los últimos siglos.

Pero no toda teología es necesariamente procapitalista. La palabra jubilación tiene la misma raíz etimológica que la palabra júbilo, del latín iubilare, que significa expresar alegría. Tanto en la tradición judía como en la cristiana el tiempo del jubileo implica un momento de ocio: no realizar tareas agrícolas, perdonar deudas, visitar enfermos, peregrinar a lugares santos.

Lafergue asegura que, en el Antiguo Régimen, el catolicismo garantizaba a la clase trabajadora 90 días de descanso entre domingos y feriados y esa fue la causa principal de la irreligiosidad de la burguesía. La revolución abolió los feriados y alargó la semana, liberando a las personas de la iglesia para someterlas al trabajo. El protestantismo -según el autor- se convirtió en el cristianismo adaptado a las nuevas necesidades comerciales, “destronando a los santos del cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra”.

Los pecados capitales tienen raigambre en antiguos principios greco-romanos. La pereza es una de las más problemáticas del catálogo de prohibiciones. No fue la teología sino el catecismo católico quien se encargó de incluir el término en la lista, que originalmente contenía 8 graves faltas. Al papa Gregorio Magno se le ocurrió unificar la acedia y la tristeza en pereza, y quedó. Tomás de Aquino luego definió la acedia como “tristeza de ánimo”, algo más vinculado a la amargura o la melancolía, para diferenciarla del ocio.

A principio de 2020, Francisco pronunció una homilía sobre la pereza. No eligió el ejemplo de alguien que no quería trabajar para ilustrar su enseñanza, sino que se remitió a una escena de la biblia en la que un hombre que no podía caminar se quejaba de su situación y le echaba pocas ganas a su recuperación. Definió la pereza como un pesimismo del alma, una falta de interés por la vida, una cuestión de actitud, una falta de alegría que nos impide avanzar -espiritualmente hablando-, y nos vuelca hacia el rencor. Visto así, no es difícil visualizar culpables de este pecado entre personas que se la pasan trabajando.

El pastor Dante Gebel, argentino a la cabeza de una gran iglesia en Estados Unidos, también tiene una prédica sobre la pereza, que data de hace 5 años. Elige un proverbio que habla del campo lleno de espinas de un perezoso, asociando inicialmente el pecado con la negación al trabajo. La pereza sería un bandido que te roba el potencial de cumplir con tu designio divino. En su discurso, en principio, se refiere específicamente al “nivel de vida”. Pero luego avanza sobre una idea más amplia al distinguir “acción efectiva” y “mero hecho de estar ocupado”. Sucumbir a la pereza implicaría no tener la audacia necesaria también, por ejemplo, para hablarle a la persona que te gusta.

En el Sermón de la montaña hay un pasaje que dice que no se puede servir a Dios y a la riqueza y luego celebra la parsimonia de los lirios del campo: “No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.”

Postales de inutilidad

Esquivar el trabajo es un reflejo instintivo del pensamiento creativo. Basta pensar que los grandes inventos de la ingeniería como la rueda o los puentes no habrían sido posibles sin la inspiración de la ley del menor esfuerzo. La humanidad también avanza por voluntad de ahorrarse trabajo y hacerse la vida más fácil.

Pereza y trabajo se dan la mano a veces en la utilidad de lo inútil, que engendra, entre otras cosas, el arte. Nos demoramos en la contemplación de lo bello, dice Kant en la Crítica del juicio. Les inventores, les artistas, les revolucionaries parecen gente muy improductiva hundida en sus cavilaciones y grandes derrochadoras de tiempo hasta que se reconoce su obra.

Una vez le preguntaron a Borges cómo se llevaba con la pereza y respondió: “Yo creo que he trabajado tanto porque soy muy haragán”. Para agradecer un prólogo de Sábato a Las Crónicas del Angel Gris, Dolina dice: “Los hombres nobles eluden un esfuerzo realizando otro mucho mayor. Por no arrancar una rosa, construyen un palacio. Por no escuchar un reproche, ejercen la rectitud toda la vida. Por no bajarse del caballo, conquistan el Asia”.

En el Teeteto, Platón -a través de Sócrates- menciona la historia de Tales de Mileto, uno de los sabios más importantes de Grecia. Tales era muy respetado porque su conocimiento había ayudado a resolver muchos problemas prácticos de la ciudad. Pero un día, distraído en sus pensamientos, cayó a un pozo. Mirando el cielo se había olvidado lo que tenía delante de sí. Empezaron a decir que el sabio ya no sabía ni dónde poner los pies. Le acusaron de interesarse por cosas inútiles. Él contestaba que la cuestión no era si eran útiles o no, sino si eran o no verdad. Saber por el saber mismo, por el amor al saber. Así se convirtió en la primera persona en ser llamada filósofo.

Como existe la inclinación al saber por el saber mismo, existe la inclinación al trabajo por el trabajo mismo. Hay un cuento popular que narra algo así como que un empresario exitoso iba por un camino cuando en un ranchito vio a un hombre sentado a la sombra de un árbol. La historia se podría resumir así: el empresario le cuestionó insistentemente al hombre su improductivo estilo de vida y este le preguntó sucesivamente para qué querría esforzarse. Después de un extenso diálogo, en el que el empresario le contaba al hombre todo lo que podría conseguir trabajando y el hombre le retrucaba una y otra vez “¿para qué?”, finalmente el empresario terminó claudicando: “para poder estar tranquilo en tu casa sin hacer nada”. 

Una vez tuve la oportunidad de visitar un lindo hotel boutique de Valparaíso. El encargado, un trabajador humilde y sin estudios que realizaba perfecta y orgullosamente su tarea, preguntó qué haríamos el primer día de estadía. Le comentamos que pensábamos visitar La Sebastiana, la casa, hoy museo, que habitó Pablo Neruda. “Ah, ese comunista que nunca trabajó y vivió como un rey”, fue en síntesis la reacción del encargado.

La Fundación Pablo Neruda es la institución no gubernamental que administra los museos en 3 casas que pertenecieron al escritor. No es difícil, constatando el precio de las entradas y la gran afluencia de turistas, llegar a la conclusión de que produce suficiente dinero, sin contar los beneficios indirectos que reporta al turismo de Chile y el valor que aporta a la cultura universal.

Lo curioso del intercambio con el gentil y anticomunista encargado del hotel es que Neruda, en un verdadero acto de justicia poética, lo refuta, incluso después de muerto, e incluso en sus propios términos -los del encargado-, ya que sigue produciendo valor y dinero, desde el más allá, a partir de esa obra por la que supuestamente nunca trabajó.

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Una última y sabrosa postal para terminar. ¿Quién no piensa que los sanguches son un gran invento? Pues le deben su nombre a un tal Conde Sándwich, a quien para no mancharse las manos y enchastrar las cartas mientras jugaba comiendo, se le ocurrió meter los bocadillos entre dos panes.

Pasar la vida jugando, comiendo y disfrutando mientras se inventa algo para la posteridad es un lujo que la mayoría de la humanidad no se puede permitir. Pero el legado del Conde Sándwich convida una perspectiva de realización para repensar la condición humana mucho mejor que la que tenemos hasta hoy, focalizada en el trabajo.

La idea de pereza es demasiado rica en su historia y demasiado útil a la crítica de la actualidad para tener tan mala prensa. A su vez, la mala prensa siempre ha sido una buena referencia para señalarnos dónde poner la duda. Quizás los discursos de odio que se sustentan en valores productivistas nos estén dando una señal.

En definitiva, cuando se escriba la historia general de la vagancia, habrá que reconocer que en algunos tramos de ese itinerario conceptual, pereza y desarrollo humano no solo se dieron la mano, sino que se besaron y hasta hicieron el amor.

Ilustración: @casadebalneario