14 Feb, 2022

El universo de las relaciones afectivas está en expansión. Hay lugar para todes, pero ya no es tan fácil entender la pluralidad de formas de amar y gozar. En nuestro 2° informe transmedial nos sumergimos en la crisis de la monogamia a través del pensamiento de Brigitte Vasallo; buceamos en el mundo de las aplicaciones de citas desde una perspectiva alternativa para conocer todo lo que no es Tinder; entrevistamos a Violeta Alegre para comprender los vínculos al margen del cis-tema; hablamos con referentes de nuevas masculinidades; y producimos una serie de sorpresas en diversos formatos y lenguajes para ayudarnos a sentipensar cómo queremos querernos.

Este viaje va a ser intenso, por eso te proponemos una buena playlist para que te acompañe en el recorrido. Listas de reproducción recomendables para escuchar durante el delicioso hay muchas. Pero esta tiene un sabor especial, ya que está armada con recomendaciones de tierralovers. Vestite o desvestite de la manera más cómoda y dale play a la lista definitiva para encarar el mejor momento de pasión. ¡Arrancamos!

La afectividad en disputa

El amor, el deseo, la pareja. Una tríada que nos persigue, como si cada uno de sus términos fueran intercambiables. Que está allí como meta, como conquista, que nos marca el paso, como un ideal inacabable e inalcanzable. En esa tríada se sostiene esa noción esperanzadora que asegura que una vez que la consigamos seremos felices, que tendremos resuelto el 90% de aquello que anhelamos. Como si no existiera absolutamente nada más en nuestro entorno que ese horizonte de conquista.

En los últimos tiempos, el término “poliamor” se popularizó en los medios de comunicación. ¿Pero se sabe realmente a qué hace referencia? Entre chistes, es muy común que se lo reduzca a la posibilidad de que una persona tenga múltiples compañeres sexuales. Una suerte de “infidelidad consensuada” a la que, en el caso de tener una pareja, se accedería por mero aburrimiento. Nada más alejado de lo que un desarrollo más o menos preciso del término podría arrojarnos. Es que, para pensar las lógicas poliamorosas, no debe pasarse por alto lo que esas mismas lógicas poliamorosas vienen a cuestionar: la monogamia como norma social.

En su libro Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (o, en su versión argentina, El desafío poliamoroso. Por una nueva política de los afectos, editado por Paidós) la activista feminista Brigitte Vasallo describe y cuestiona a la monogamia en tanto sistema. Y lo hace, sobre todo, advirtiendo acerca de los peligros de las lógicas que utilizamos para combatirlo: cuidado con transformar al poliamor en una suerte de neoliberalismo amoroso que nos impulsa a pasar de cuerpo en cuerpo, de unx en unx. Que nos obliga a poner en un pedestal a quien le toque el turno y sacarlo cuando la cosa “no funciona”, que nos impulsa a ir de historia en historia, como en un devenir irrefrenable de cuerpos, unxs después de otrxs y no algunes a la par. En esa seguidilla nos rompemos el corazón, nos rompemos el alma. Tendemos puentes hacia “el/la correcto/a” y “consumimos” al otre como si estuviera expuesto en una góndola. El gran supermercado de los afectos en su máximo esplendor.

Para Vasallo, los deseos no tienen necesariamente que consumirse ni consumarse. En el régimen monógamo tradicional, cualquier deseo fuera de la pareja está prohibido. En cambio, en las relaciones no-monógamas parece que cualquier deseo es obligatorio. “Hay que consumirlo todo, porque somos libres”, nos dice la autora. En ese sentido, Vasallo utiliza la metáfora del buffet libre para graficar este estado de situación: un lugar en el que la comida se expone sin restricciones, estando económicamente accesible. Sus consecuencias, sin embargo, estarían a la vista: “Las mesas acaban como un campo de batalla llenas de platos a medio comer, de manchas, y de gente con el estómago dolorido. Y el restaurante acaba como un mundo distópico de personal escasamente pagado y agotado, de aceite quemado, de alimentos desperdiciados y de clientes enfermos de indigestión. Eso es nuestro poliamor, ese bufé libre indigesto”.

La idea del poliamor como buffet libre nace, nos dice Vasallo, directamente del neoliberalismo. “El consumo os hará libres. Es la reformulación de la frase inscrita en la entrada de Auschwitz: el trabajo os hará libres. Lo llevamos inserto en nuestro subconsciente; miramos a los países con más acceso al consumo como si fuesen más libres, más felices. Miramos a los países empobrecidos como si fuesen menos libres por el hecho mismo de haber sufrido expolio”.

En definitiva, cuando ya no hay veto, vale todo y hay que vivirlo todo porque no hay veto. No hay prohibición porque somos libres. Como el primer día de rebajas en los grandes supermercados, cuando las hordas asaltan las estanterías pasando sobre lo que sea, en avalancha. Como afirma Vasallo: creemos que ser libres solo nos da una opción, cuando precisamente la libertad es tener muchas opciones y decidir sobre ellas. Por eso, nada más alejado del poliamor que el denominado “amor libre”: tener la posibilidad de relaciones múltiples no nos obliga a tenerlas, ni a tenerlas todas, ni a tenerlas de cualquier manera ni en cualquier momento.

Vasallo advierte que en el poliamor que estamos creando, la idea de consumo ligada a la libertad se transformó en el eje central. Por eso, renunciar a consumir-consumar un deseo en el contexto de un vínculo poliamoroso es una afrenta directa hacia esa libertad neoliberal: “Es pedirle a la gente en un bufé libre que coma solo lo que necesita, lo que puede físicamente asumir, y lo que es sostenible para el entorno”. Es que dentro de este abanico del deseo que se busca desplegar hay muchos espacios, y muchas etapas, y podemos decidir sobre cada una de ellas pensando en el bienestar común, o, a decir de Vasallo, en el bienestar del bosque.

“Porque si somos bosque, no nos sirve que una planta haga primavera si el resto se muere en el camino. El bosque es otra cosa. La red afectiva es otra cosa, que puede sostener las rupturas, pero se tiene que cuidar de los desgarros”.

Brigitte Vasallo

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Pensamiento monógamo

Lo cierto es que, para pensar estas cuestiones de manera original, Vasallo identifica un concepto que cruza por igual tanto a las relaciones interpersonales como a las dinámicas que organizan la sociedad en la que vivimos: el Pensamiento Monógamo (sí, así, en mayúsculas). Decir "pensamiento", en este caso, no le quita peso específico: según la autora, es algo que nos constituye más allá de cualquier ámbito, desde el nacionalismo a la construcción más primaria de una identidad.

Jerarquía, competitividad, exclusión, confrontación. Las cuatro características del Pensamiento Monógamo que identifica Vasallo dan cuenta de que el problema de las dinámicas relacionales trasciende con creces el onanismo explicativo de “la liberación del deseo”. No, no es tanto que nuestro deseo se encuentre mutilado, sino que estamos entrampados en una lógica que engendra en su seno una violencia larvada. Con el amor romántico como huevo de la serpiente, al cual naturalizamos y que en el horizonte traza una sola meta: la familia tradicional.

Es que desmontar la monogamia es, para Vasallo, sinónimo de desmontar el sistema piramidal. No sirve reclamar una cumbre más ancha para los amores, porque mientras haya pirámide, el resultado es monógamo. Con dos, cinco o veinte personas involucradas. Por otro lado, es inútil pretender desmontar la monogamia sin desmantelar la competición en todos sus ámbitos. Hay que cambiar el paradigma relacional en su totalidad, porque la forma en que nos situamos en unas relaciones, nos entrena el cuerpo para reproducir constantemente esas mismas sensaciones ante situaciones similares. Vasallo no deja lugar a medias tintas: no vale competir en lo laboral y colaborar en lo amoroso. El cuerpo no nos deja, el sistema no nos deja entrar y salir como si nada: “Hay que desmantelarlo, hay que romper la baraja. De otro modo, haremos alarde tanto como queramos de no sentir celos, ni sentirnos amenazadas, ni tener ningún problema con las amantes de nuestras amantes, pero solo serán eso, fanfarronadas o ilusiones momentáneas, posiblemente ligadas a nuestra posición (también momentánea) de poder”.

Cuando pensamos que desmontar la monogamia es eliminar la cuestión de la exclusividad sexual nos estamos fijando solamente en la moneda, en la herramienta: eliminamos el símbolo del entramado pero sin tocar ni cuestionar el entramado en sí mismo. Vasallo afirma que lo realmente importante es poder ver qué partes queremos desmontar, y en qué orden, y cuáles podemos asumir, cuáles son necesarias, cuáles superfluas, cuáles contribuyen a la violencia y cuáles no. La monogamia no se desmonta cogiendo más, ni enamorándonos simultáneamente de más gente. En realidad, apunta la autora, se lo hace construyendo relaciones de manera distinta que permitan coger más y enamorarnos simultáneamente de más gente “sin que nadie se quiebre en el camino”.

En resumen: acostarse con más de una persona lo sabe hacer todo el mundo. Sin embargo, o bien se hace cosificando a esa persona, desde la perspectiva de esa amante que no volverás a ver nunca y no merece “invertir” cuidados, todo muy en línea del imaginario bancario. O bien, se hace desde la romantización con la que se inician las relaciones monógamas que se quieren perdurables, haciendo una escalada hacia la pareja monógama por mucho que no pretenda serlo y por mucho que exista una red afectiva ya en marcha. Y ninguna de estas formas es compatible con un nuevo paradigma amoroso.

Villa Cariño 4.0

Las aplicaciones de citas se impusieron, con distintos resultados, alrededor del mundo como una nueva forma de conocer personas y entablar vínculos sexo-afectivos. Mientras en grandes urbes ya se posicionan como el método privilegiado para arrancar una relación, en muchos pueblos todavía sigue siendo más eficaz asistir al club de barrio, bares o boliches, el templo o la parroquia para conocer al amor de tu vida. O de tu día.

De los antiguos espacios y modalidades de socialización algunos perduran y otros ya quedaron en el pasado. El amor por correo postal, pasando por los programas de radio y las líneas telefónicas de solos y solas (y soles), los chats de las pioneras “.com” de los inicios de internet, los primeros servicios de mensajería virtual como ICQ o Facebook como el gran re-encontrador de compañeres de escuela y algunos portales dedicados al sexting pueden ser considerados la prehistoria de un nuevo fenómeno que vino a reinventar “el arte de amar”.

Hay quienes las ven reticentemente como un "supermercado de gente” y quienes las han adoptado como una forma más de vincularse. De las distintas percepciones acerca del carácter de estas nuevas tecnologías surgen diversos usos. En muchos casos prima la expectativa sexual, en otros prevalece la dimensión afectiva. O ambas en simultáneo. Las empresas tomaron nota de esto y combinan en sus interfaces elementos estéticos y visuales con la posibilidad de brindar y acceder a información más personal que las características físicas.

Después de un binarismo inicial, las principales apps debieron realizar actualizaciones inclusivas respondiendo a la demanda y reclamos de los feminismos y las comunidades LGBTIQ+ ampliando el abanico de posibilidades de selección de identidades de género y orientaciones sexuales en sus preferencias. Aunque la lógica en la que funcionan sus algoritmos todavía es criticada, por su tendencia racista y clasista.

Especialistas en tecnologías hablan de una revolución 4.0, que si bien hace referencia a la industria, puede extenderse, en la medida que lo condiciona, a todo el sistema social. Una de las características de esta revolución que estaríamos presenciando tiene que ver con la incidencia de internet, el procesamiento de grandes bases de datos y una supuesta inteligencia artificial con la capacidad de “aprender” en diversos aparatos que median relaciones humanas.

Pero el corazón (y el resto del cuerpo) tiene razones que los algoritmos (al menos todavía) no entienden. ¿Puede un robot conocer mejor que yo mi deseo? ¿Puedo yo conocerlo realmente? A veces, pareciera que estas tecnologías tienen una gran capacidad para sacarnos la ficha, como cuando nos recomiendan certeramente un contenido en Youtube o en Spotify. Pero, en todo caso, ¿es tan sencillo hacer lo mismo en el plano sexo-afectivo, o en el amor?

Si Tinder se ha impuesto como la plataforma más popularizada, eficaz y hasta hegemónica (al punto que ya es como decir Coca para referirse genéricamente a la gaseosa), la existencia de alternativas competitivas como Happn, Bumbble, OkCupid y Badoo nos habla de una demanda que la empresa líder no es capaz de satisfacer. Plataformas como Grindr o Scissr, especialmente destinadas a comunidades gays, lesbianas y trans son otro claro ejemplo de ello. Igual que Raya, la exclusiva app que, dicen, está habitada por celebrities de Hollywood.

Pero hay más. El universo de todo lo que no es Tinder incluye iniciativas que emergen desde las redes sociales generando diversas propuestas y apropiaciones alternativas de estas aplicaciones que, sin renunciar a la lógica del emparejamiento virtual o el uso de la tecnología como herramienta para mejorar las posibilidades de conocer a la persona indicada, incorporan elementos distintos, agrupando personas por preferencias, costumbres e intereses que las ya tradicionales apps de citas no logran captar o procesar.

Algunas de estas son impulsadas por influencers a través de Instagram. Como la Licenciada Celicia Ce con su sección “Vinculeable”; Astra Memes con su Tinder astrológico; El Falso Boga con su “Tinder jurídico”; la colectiva Lesbinculos con diversos grupos de encuentro para lesbianas y bi; o Piropos Peronistas con su sección “Misa Cosificadora” de cada domingo. En otros casos, se trata de grupos de amigues, como la Pandilla de Parque Chas, que combina el poder de Tinder con el de Instagram pero con una lógica que tiende a romper la tendencia individualizante de estas plataformas, al salir en busca de relaciones pero de manera colectiva.

Recabamos sus testimonios para conocer cómo funcionan sus espacios. Te invitamos a conocerlos.

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Nostredad

¿Podemos pensar en romper con la historicidad de las formas que elegimos para querer o tendremos que desarmar eso que sabemos y construir una nueva realidad, un nuevo o varios deseos? Sumar, restar, dividir, multiplicar y volver a empezar. Una rueda de nunca acabar. La cuenta nunca da porque el capital no es la vía. Tampoco lo es pensar las relaciones sexoafectivas como historias lineales, sin tener en cuenta sus circularidades, los Estados, la otredad, lo político.

Todo esto que nos trae Vasallo no podría comprenderse sin la organización que tiene el sistema sobre les cuerpes. Al Pensamiento Monógamo lo cruza aquello que Monique Wittig denomina Pensamiento Heterosexual Obligatorio. Wittig, lesbiana, lo define como “un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los varones, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas más de la diferencia entre los sexos para justificar la opresión”. Por eso, para preguntarnos sobre nuestros deseos, es preciso saber o partir de que el “ser heterosexual” no es una elección, por tanto, no se llega a él libremente. Para el sistema nacemos todes cis-heterosexuales, aun incluso sin haber nacido. El mundo está dividido, así, en dos. Para todo.

Entonces, ¿cómo construimos relaciones poliamorosas si se nos impone una sola opción? Sin dejar de mencionar el devenir que acarrea la pregunta, Vasallo hace hincapié en que el poliamor es también “llevarle comida a tu vecina, con quien no tenés ninguna obligación, con quien no hay negocio”, en donde no se exige la jerarquía. Ese “poliamor” del cual nos habla no tiene que ver “simplemente” con la sexualidad.

Si rompemos, o al menos intentamos descascarar, la manera en que nos vinculamos, surgirán nuevos encuentros y conformaciones. Como así también la posibilidad de ver por fuera de lo binario. Vale un ejemplo. La activista travesti Marlene Wayar sostiene en el libro Travesti: una teoría lo suficientemente buena que, según su experiencia personal, “en el programa de 12 pasos de Narcóticos Anónimos (NA), se invita a poner el foco en la identificación con las demás personas del grupo y no en las diferencias, que son muchas. Si hacemos foco en las experiencias en común frente al consumo y los costos que hemos pagado (ira, tristeza, miedo, inseguridad, vergüenza, dolor, vacío) en ese grupo puede construirse NOSTREDAD y si hay nostredad con honestidad, podremos bajar las defensas y dejar de buscar (¿por qué yo?) y pedir ayuda para la acción (¿cómo hago?)”.

Cómo hackear tu masculinidad

Hasta acá, algo queda claro: este mundo cis hetero normado nos rompe el bocho a todes. A las femeneidades por exigirles sobre sus cuerpas, pero a los varones también. Si bien es otro tipo de exigencias, ser varón puede implicar acarrear particulares formas de opresión en un mundo patriarcal. En este contenido sonoro en formato podcast, dialogamos con Lucas Fauno, Lucho Fabbri, Luki Grimson y Privilegiados RRSS, para que nos ayuden a entender: qué decimos con “masculinidades”; qué hacemos para que los mandatos de masculinidad no nos coman el coco; cómo se hace para traicionar el pacto de masculinidad y no romperse en el intento.

Tierra Roja · Los buenos traidores

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Heterosexualidad obligatoria

Los feminismos/transfeminismos pusieron en cuestión-tensión la mirada cis masculina, y… ¿nos perdimos? Los varones cis (blancos) heterosexuales, que están arriba de todo de la pirámide, tenían el escenario limpio, claro y resuelto a costas de imponer la violencia y de someter a la otredad. A partir de estas tensiones empezaron a tambalear, porque históricamente ellOs no son lo diferente, como los blancos tampoco lo son.

Esta heterosexualidad obligatoria no solo nos ordena, une y desune. También nos enseña a consumirnos. A ponernos por encima o por debajo, según nuestra lectura de les cuerpes. En todo lo que accedemos o no, desde lo más finito, pensamos la vida en torno a ese sistema. Se crea o quiere a un otre, un estar con otre, desde ahí. Hay que romper con ese mandato partiendo de la duda. ¿Por qué soy heterosexual? ¿Hay otras opciones? ¿Dónde se las busca? Nadie desea no ser parte de los privilegios o saber que los puede perder, puesto que las formas del pensamiento heterosexual obligatorio atraviesan el trabajo, la casa, la familia institucional, el amor, el deseo, el dinero, el lenguaje, la herencia, las leyes, etc.

Si ante la pregunta se tomara la decisión de “cesar” con la heterosexualidad, volveríamos al caso de la moneda, de romper solo con las formas. Los interrogantes son fundamentales para apelar, en primer caso, a que nuestro deseo sea propio y una decisión a conciencia. En segundo lugar, y como consecuencia de lo primero, son necesarios para desmantelar la norma. No como un simple acto de rebeldía, sino porque, como sucede con todo mandato, la heteronorma es cruel con quienes no encajan en ella.

Los vínculos al márgen del cis-tema

Violeta Alegre es activista trans, escritora, docente y una de las fundadoras del colectivo Lohana Berkins. En los últimos años dio talleres de género en Europa y recorrió Latinoamérica. Se desempeña como titular de la Oficina de Orientación Sexual e Identidad de Género en el Observatorio de Género de la justicia de la Ciudad de Buenos Aires.

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Viaje por el universo

Tan fuerte es ese pensamiento, que hasta soñamos heterosexual. Hasta en lo onírico estamos dominadxs. Y si, en una de esas, hay un atisbo de otras en ellos, lo contamos como algo raro, nos reímos o lo evitamos. Sin embargo, bajo ningún punto ahondamos o nos sumergimos en ese relato. Porque creemos que eso que hicieron de nosotrxs es lo que somos. Derribar todas estas certezas a partir de la búsqueda de nuevas preguntas nos conlleva dolores, pesares. Nos acerca a que muera eso que creíamos que éramos, pero a costa de crear libertades.

Paul B. Precidado en su libro Un departamento en Urano propone: “Despertar del sueño colectivo de la verdad del sexo, como tuvimos un día que despertar de la idea segun la cual el Sol giraba alrededor de la Tierra” para emanciparnos de esa reperesentación feroz, enquistada que es un pensamiento (monogamia) dentro del otro (heterosexual) como una mamushka.

Si unxs consumen a otrxs y esxs otrxs, dependiendo su clase, su etnia, su identidad, consumen al resto, poco espacio nos queda para ir en detrimento de lo que nos es impuesto. Aún así, en ese estrecho lugar existen otros mundos que se encuentran en las fronteras, en el no ser (es decir, ese lugar de ser lo que no se espera porque la existencia allí está falta de derechos), donde se halla la otredad: la mujer, lo lésbico, bisexual, transexual, travesti, lo queer, las naciones originarias, lo pobre, lo marron. En ese rincón se cuecen, se amalgaman formas de resistir. En ese crear que hace la resistencia se conforman nuevas formas de sentirse, de quererse, de desearse, para sobrevivir.

Quizá sea preciso profundizar en esos otros planetas. Como cuando éramos niñes y queríamos llegar al centro de la tierra o viajar. Y ver cómo allí se advierte lo colectivo de varios modos y con su propio esplendor fuera de lo vertical.

Parafraseando a Preciado, ojalá nos falte la fuerza para repetir la norma, ojalá no tengamos la energía de seguir fabricando la identidad, que perdamos la determinación de seguir creyendo que nuestros papeles dicen la verdad sobre nosotrxs. Y que cuando hayamos perdido toda la valentía, locos de cobardía, desear inventar nuevos y frágiles usos para nuestros cuerpos vulnerables. Porque la revolución actúa a través de la debilidad.

A ilustrar mi amor

¿Vos, cómo dibujarías el amor? Todes tenemos imágenes relativamente distintas del amor. Si tuviéramos que dibujarlo, como nos dijo Lucas Fauno en una charla, alguien podría imaginárselo como un dinosaurio y otre como un termotanque. Nos interesó el desafió, así que le pasamos la pelota a 8 ilustradorxs para que produzcan su propia representación del amor. Mirá el resultado:

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En caso de duda consulte al oráculo

Lo sabemos: podés leer, pensar, cuestionarte y revisarte muchas cosas, pero las relaciones sexoafectivas nunca son fáciles. Por eso, se nos ocurrió cerrar este informe con un oráculo callejero para que encuentres ese mensaje que estás necesitando.

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Coordinación general: Florencia Torres.

Producción: Lucía Sabini, Karen Gamarra, Michelle Grandville, Florencia Antueno, Matias Bordon.

Textos: Paula Rojo, Nicolás Fava.

Diseños: Cecilia Talavera, Emmanuel Schönfeld, Facundo Barreto, Carlos Sainz.

Edición de video: Fernando Paniagua.

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