A Úrsula Bahillo la mató un policía, su ex. Dieciocho denuncias no fueron suficientes para impedirlo. Sin embargo, gran parte del diverso movimiento feminista pone las fichas en el Estado como motor garante del cambio social. Estructuras, micropolíticas y batalla cultural en una exploración de los límites del feminismo institucionalista.

 

Explicar el femicidio de Úrsula como responsabilidad del Ministerio de mujeres o del feminismo -se aluda a la corriente feminista que se aluda- es una de las mayores bajezas posibles. De repente, hay que escuchar en las mismas cavernas twitteras, en donde hasta hace unos meses se decía que como método anticonceptivo había que cerrar las piernas, que Úrsula tenía que estar armada. La derecha vuelve a cumplir su principal función: generar la interferencia que imposibilita el debate.

Los mismos que de Nahir Galarza hicieron un circo punitivista, levantan hipócritamente la consigna de la autodefensa. Verlos a El Presto y a Laje opinar sobre un femicidio que no les importa, rompe todo termómetro de cinismo e hipocresía. Ya no son los medios de comunicación, sino que es la misma nueva derecha la que ha llegado al pozo ético de la descompostura opinológica.

En algún sentido, esta descomposición se explica en el papel hiper reaccionario que viene a jugar la nueva derecha respecto al feminismo. La única manera de ser anti feminista, la única manera de ser un neofascista, es siendo un descompuesto político; es fingiendo con plena conciencia el interés en una vida que no les interesa; es hacer uso de una piba muerta para vomitarle violencia a las pibas que se organizan para que dejen de matarlas.

Ahora bien, una buena lectura de la realidad, una que permita un piso de acción disruptivo, implica no caer en la trampa que la derecha ubica en nuestro camino. La derecha no tiene realmente nada para decirles ni a los feminismos, ni a las mujeres violentadas. El sentido principal de su intervención es, por un lado, ubicar compañeras para explicar que el feminismo no es el problema, sino la reacción al problema. Esto es, ubicar a las compañeras y al feminismo en un lugar defensivo. Y, por el otro, privarnos de la posibilidad de realizar balances, crítica y autocrítica.

¿Cuál es el único punto de verdad sobre el que se construye el falaz argumento de la derecha? La respuesta a esta pregunta sería esta: la distancia entre los resultados y las estrategias planteadas.

A pesar de existir un nuevo Ministerio destinado específicamente al planeamiento de políticas públicas, los femicidios en el último año no dejaron de aumentar. La estrategia que el feminismo tomó como propia post 2018 fue el camino institucionalista. Un camino institucionalista posmoderno en el que lo institucional va de la mano de lo simbólico, y que a su vez se encuentra casi totalmente escindido de lo material.

Para ponerlo en consignas, el camino que hegemonizó dentro del feminismo sería una mezcla de El Estado te cuida + La Batalla Cultural. Podríamos tomar como ejemplo la consigna del 2019 “Feministas en las listas”; la validación del lenguaje inclusivo en las instituciones académicas; la insistencia sobre los cupos femeninos en organismos públicos como privados, Etc.

Las vertientes más institucionalistas del feminismo han hegemonizado el movimiento, y han hecho sus apuestas transformadoras en el Estado. El ministerio de mujeres es el mayor punto de desarrollo político de esta corriente. Por supuesto que no es esta la única corriente que existe en el feminismo, así como tampoco es un problema particular del feminismo la hegemonía de las corrientes institucionalistas sobre otras perspectivas y planteos teórico-políticos.

Como contrapeso al feminismo institucionalista, el amplio y heterogéneo movimiento también supo abonar a algunas de las mejores renovaciones teóricas de las izquierdas. Los mejores estudios marxistas feministas, aquellos que no se agotan en reducir el género a la clase, sino a mirar a la clase desde el género, proponen ligar la caída del peso de la crisis capitalista en la que nos encontramos sobre la esfera de la reproducción de valor, siendo las mujeres y disidencias aquellas que la absorben en su condición de marginadas.

Esta es la línea de la feminización de la pobreza que, estudiada empíricamente se demuestra verdadera. Si al feminismo que se volcó a la crítica de la economía política le sumamos el que se dedicó al estudio de las estructuras de la violencia (Segato, entre otras), tenemos como resultado el contexto actual. Mientras más castiga la crisis a los sectores marginados, mientras más se destruye el tejido social, más violencia -económica y política- recae sobre las mujeres.
Desde esta lectura -de clave más estructural- se ven los techos que tiene el planteo instrumentalista del Estado y la lectura posmodernista de la cultura.

Por más políticas públicas que se desplieguen, por más presupuesto que tenga el Ministerio de mujeres, por más ley Micaela que haya y por más formación con perspectiva de género que tengan las fuerzas de seguridad, mientras se recrudezca la crisis, una de sus consecuencias inmediatas será el aumento de los femicidios. Mientras se recrudezca la crisis, las fuerzas de seguridad también cumplirán su función: reprimir, violentar y matar en defensa del orden establecido.

Ante esto, el feminismo de clave institucionalista posmoderno fetichizó el rol del Estado atribuyéndole un carácter omnipotente, de la misma manera que fetichizó la dimensión del símbolo separándolo a su vez de lo material. Sobre este punto se para el fascista Presto para decir que a Úrsula no la iba a salvar hablarle con “e” a su asesino; sobre la fetichizacion del Estado se para el fascista Laje para decir que el feminismo solo sirve para el carguito.

Es también desde la imposibilidad de criticar al Estado que se vuelve a la dimensión de la micro política. Dan vueltas por las redes sociales todo tipo de discursos que, impotentes ante la crítica al Estado, o proclives a criticar al Estado sin criticar la estrategia estatista, caen en la responsabilización de los hombres, en sus procesos de “deconstrucción” y autocrítica. Por más que siempre sea válido y un gran ejercicio revisar las prácticas de cada uno de nosotros, el caso de Úrsula no está ligado a la banda de chabones que en su cofradía masculina se dedicaron a violar y matar a Úrsula.

Hay -como en toda institución capitalista patriarcal- un silencio de hombres, en una institución de hombres, sobre las 18 denuncias a Martínez. Ahora bien, la centralidad del caso está en la ineficiencia de los mecanismos estatales -sean por desinterés o incapacidad, en nuestra opinión es una combinación de ambas- ante: un sujeto peligroso y armado por el mismo Estado; la existencia de 18 denuncias de distintas ex parejas; una adolescente de 18 años previamente golpeada y violentada en repetidas ocasiones por el mismo sujeto. O sea, el caso de Úrsula no es el caso de La Manada en España, en donde el pacto de caballeros y la complicidad masculina tienen un lugar central. Tampoco es el caso de la banda de Rugbiers que salen a fajar pibes después del boliche para reafirmarse entre ellos el tamaño de sus penes.
Lo central en el caso de Úrsula es la desidia del Estado, la violencia de las fuerzas de seguridad, la relación entre femicidios y fuerzas de seguridad. Las conclusiones a extraer implican un balance de la efectividad de las estrategias institucionalistas posmodernas del feminismo liberal.

Tiene algo demencial ver a la Ministra declarar que el Estado al que ella misma pertenece ningunea las denuncias que las comisarías de la mujer que armaron como dispositivos de fácil acceso están en contra de las mujeres. Gómez Alcorta -y el progresismo en general- señala a la justicia como el malo de la película. Resulta cómodo cargar las tintas sobre el poder judicial. Pero es en el ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires en dónde conviven Estela Díaz como Ministra de mujeres, género y diversidad y Sergio Berni como Ministro de seguridad.

No sé si podemos responder en estas líneas la complejidad que implica el debate sobre el Estado, pero sí estamos seguros de que las respuestas que dan su centralidad per se son insuficientes y, aún más, se encuentran agotadas para la intervención política en la etapa actual. Para retomar la dimensión de la micropolítica, – que por ser micro no es menor- , se debería partir primero de una caracterización del Estado que pueda dar cuenta de los puntos ciegos del feminismo institucionalista; de una nueva caracterización de la violencia y de una correcta caracterización del estado de situación actual. Esto es, las problemáticas concretas que enfrentan hoy mujeres y disidencias. Tal vez sea el feminismo, aquél que supo ser faro disruptivo en el 2018 , el que pueda iluminar en términos teórico-políticos nuevos caminos y nuevas concepciones respecto al debate sobre el Estado.

 

Ilustración: @deds3k