Desde el 3 de junio de 2015 mujeres de todo el mundo se apropiaron del “Ni una menos; vivas nos queremos” y temas como la violencia machista, el patriarcado y las disidencias sexuales ingresaron con más fuerza en las agendas políticas, debates televisivos, academias y comedores familiares. Argentina ha estado muchas veces a la vanguardia en numerosos temas. Las políticas de género, derechos humanos, o el derecho penal son algunos de ellos. La antropóloga Rita Segato y el jurista Raúl Zaffaroni son de las máximas autoridades en las discusiones que vinculan el género y el derecho. El cruce periodístico en el diario Página 12 que empieza con un artículo de Zaffaroni y sigue, por ahora, con una réplica de Segato en que la autora cuestiona declaraciones del primero es una prueba de la complejidad del debate que estamos encarando como sociedad.

Antecedentes

Luego de la gran repercusión del femicidio de Micaela García, entre otros, se presentó en el Congreso un proyecto de ley que prevé el endurecimiento de condenas a agresores sexuales modificando la ley de ejecución de la pena.

No es la primera vez que políticos aprovechan una demanda social para mostrarse comprometidos con algún tema a partir de simples reformas de leyes penales que poco tienen que aportar a los problemas de fondo. Es una verdadera técnica de gobierno sustentada en la demagogia punitiva fogoneada principalmente por grandes medios de comunicación. Le debemos gran parte de la teorización y divulgación de este fenómeno a criminólogos como Zaffaroni.

Sí es la primera vez que el movimiento de mujeres en nuestro país se encuentra tan empoderado para plantarse, advertir el timo y pronunciarse por políticas más integrales y preventivas. Rita Segato fue una de las oradoras que magistralmente desnudó el proyecto en las audiencias públicas al tratar el tema desde una perspectiva feminista y anti-carcelaria. El movimiento “Ni una menos” también se despegó de la operación con su declaración “No en nuestro nombre: ni demagogia punitiva, ni garantismo misógino”.

No puede decirse que la cuestión penal es ajena a la agenda del movimiento feminista (se viene discutiendo desde hace varios años en el Encuentro Nacional de Mujeres) pero es tal vez la primera oportunidad en que surgen voces denunciando con tal centralidad la respuesta punitivista como una trampa del patriarcado. Es probable que en todo este proceso tanto el feminismo como el derecho terminen afectándose recíprocamente, como han hecho a lo largo de la historia.

Nudos de la polémica

Segato acusa a Zaffaroni de incurrir en fuertes equivocaciones y desconocer debates del feminismo. Sus disquisiciones apuntan a la definición de femicidio, la eficacia preventiva de las marchas, y las propuestas para abordar el problema que brinda el jurista.

El artículo de Zaffaroni que desata la polémica sostiene que el factor común de los femicidios tiene que ver con la resistencia de la mujer a continuar o iniciar una relación con el “macho”. Es quizás este punto el que más ruido hace en una lectura crítica.

Segato empieza por contestar enérgicamente que se trata de una “aprehensión simplona” de sofisticados debates, y enumera diversos casos que constituyen feminicidios y no encajarían en la definición que esboza Zaffaroni, que tiende a reducir el conjunto de hechos que podrían ser considerados tales.

No se ponen de acuerdo ni en el plano nominal. Segato habla de feminicidios mientras Zaffaroni de femicidios. Se trata de términos en disputa hasta ahora utilizados como sinónimos, aunque hay teóricas del feminismo que proponen distinciones.

Aunque ni una ni otra palabra existe en la ley penal argentina. Los supuestos a los que nos referimos se encuentran en el artículo 80 del Código Penal, como agravantes del delito de homicidio (cuando media violencia de género, o cuando el delito se comete contra una pareja o ex-pareja).

Lo que pone de manifiesto este tipo discusiones es una tensión entre las definiciones jurídicas y las sociológicas o antropológicas. El concepto antropológico al que alude Segato es mucho más amplio que el que prevé nuestra ley penal, ya que el hecho de dar muerte a cualquier mujer no es en sí mismo un agravante del delito de homicidio para nuestro código, sino que se requiere una motivación especial, la constatación de un elemento que permita verificar que la víctima ha sido seleccionada como tal por el hecho de ser mujer o no ser hombre.

Rita Segato viene insistiendo en la necesidad de comprender las agresiones contra las mujeres no como la violación de una ley, sino como acatamiento de leyes más fuertes, que derivan del patriarcado. Asumir que el patriarcado existe, que es una realidad que condiciona estructuralmente nuestras relaciones sociales es un proceso que todavía nuestro derecho no ha hecho, y puede que tarde mucho en hacer. Se trata de leyes implícitas que las leyes formales aún no tienen en cuenta.

El segundo reproche de la autora es la forma en la que se expresa el autor sobre las movilizaciones de mujeres. Este las elogia como forma de visibilización pero advierte que no estarían teniendo eficacia preventiva, ya que la frecuencia femicida va en aumento en vez de disminuir, y compara lo que llama un posible “brote” femicida con la caza de brujas medieval, para sostener seguidamente que las penas perpetuas en ese caso no cumplirían el efecto disuasorio esperado. Segato pone en cuestión su razonamiento, al que considera una forma de atribuir el mal al comportamiento de las víctimas, y recrimina al autor una visión cortoplacista.

Finalmente, el tercer punto en discusión tiene que ver con las propuestas del jurista para abordar la problemática. Mientras este propone recurrir a la criminología de campo, es decir a la investigación basada en datos, llevada a cabo por expertos para arribar a políticas “racionales”, ella cuestiona que el “hacer algo distinto” para el criminólogo se reduzca a la acción en el campo del derecho y la confianza en los procedimientos judiciales y afirma que la solución, sin salir del campo jurídico, es imposible.

Puntos de partida

Las objeciones de Segato a Zaffaroni constituyen un buen punto de partida para profundizar la discusión en diversas direcciones: qué hace el derecho frente al patriarcado; la necesidad de la movilización; y qué haremos como sociedad para lograr un salto civilizatorio hacia la igualdad.

Si no hay en ciernes un giro epistemológico en el campo jurídico, al menos estamos frente a la urgencia de revisar el conjunto del derecho. Los cambios copernicanos de las legislaciones nunca fueron asegurados por solitarios especialistas, y mucho menos aceptados alegremente por el poder de turno.

Por supuesto cuando hablamos de patriarcado no hablamos solo de derecho. Hablamos sin dudas de una normatividad mucho más profunda que las leyes. De la necesidad de un cambio cultural tan significativo que incluya, también, la reforma o revolución del derecho.