Bastante atrás quedaron las discusiones sobre si el kirchnerismo era comparable al régimen nazi, como sugerían Mirtha Legrand y las editoriales de La Nación. O al stalinismo, como proponía Lilita Carrió. En la batalla política actual, es preciso definir al gobierno de turno, y el juego de posiciones se convierte en una disputa por el poder de nombrar. Quien se queda con las definiciones, se lleva todo.

Hasta ahora los más osados salieron a acusar al gobierno de Macri de dictatorial. Pero la luna de miel todavía persiste y pareciera que los ajustes todavía no aprietan. Es por eso que la calificación resultó excesiva y no faltaron los que la relativizaron. “Dictadura fue lo del 76”, “en una dictadura te matan”, “decir eso es no tener memoria, banalizar lo que sufrimos.”

De la misma manera que establecer un paralelismo entre Cristina y Hittler resulta forzado y tiende a minimizar el Holocausto y deformar la memoria histórica, asignar la palabra dictadura  -que en nuestro país remite a algo tan específicamente macabro- al gobierno de Macri genera algunas sanas reacciones que pueden producir efectos adversos en el tire y afloje semántico.

No osemos haber hecho algún descubrimiento semiótico: banalizar la historia puede ser tan disfuncional como hipertrofiar el presente. Pero no descontemos de plano el peligro contrario: elevar a un nivel absoluto el mal pasado, nos puede desprevenir.

Caracterizar el infierno es de algún modo cancelar su capacidad de aggiornamiento. El horror fue eso, punto. El horror ya pasó. Sin embargo, el factor común de las páginas más horrendas de la historia no es el factor divino, sino el factor humano. Y si hay algo en que los humanos nos hemos perfeccionado a lo largo de la historia es en la capacidad de dañar.

¿Cuál es entonces la palabra justa? Busquémosla, se hace necesario. Sobre todo ante una realidad injusta, en la que se nos despoja sistemáticamente de las herramientas para gobernar(nos).

Parafraseando a un viejo barbudo, podemos decir que la expropiación de la palabra nunca puede superar la transferencia de recursos materiales, pero una enorme transferencia de ingresos puede ser lo que sigue cuando a las mayorías populares se les arrebata su glosario natural. Alegría. Revolución. Cambio.

En la antigua Roma la palabra dictadura tenía una connotación diversa y hasta una valoración positiva. Se trataba de una institución perfectamente legal cuyo sentido era el de concentrar el poder en manos de una persona ante una situación excepcional, como una crisis, de modo que éste ostente el poder suficiente para resolverla ejecutivamente y que las normas se restablezcan.

Visto de este modo, el discurso oficial parece ajustarse a esa definición. Da la sensación de que acabamos de salir de un infierno, de un país que es un caos, y que todo esto justifica algunos excesos: ajustes, despidos, represión.

En términos puramente teóricos, una dictadura es un gobierno que no está sujeto a leyes superiores y anteriores. Para Macri, no existe la ley de servicios de comunicación audiovisual, no existe el Senado a la hora de nombrar un ministro de la corte suprema como manda la constitución, no existen pactos de derechos humanos que condicionen el dictado de un protocolo de actuación para las fuerzas de seguridad en manifestaciones. Es decir, no existen leyes o instituciones por encima del arbitrio de la decisión presidencial -que no se ajusta al derecho, sino que crea derecho-.

Sin embargo sigue pareciendo demasiado. Dictadura. ¿Acaso falta una dosis de arbitrariedad? ¿De ilegitimidad? ¿Un desacuerdo explicitado de la voluntad popular? ¿Muertos? ¿Sangre? Es que la lengua no sigue el ritmo de la teoría política, sino más bien el pulso íntimo de las grandes mayorías. Dictadura, aquí, en el territorio de nuestra lengua, se asimila a terrorismo de estado.

Además el congreso no se cerró, no hay estrictamente un estado de sitio, las garantías constitucionales, formalmente, siguen plenamente vigentes (aunque haya jueces envalentonados que se hagan los distraídos para poder encarcelar dirigentes sociales). Podríamos hablar entonces de dictadura blanda, de dictablanda, o también de presidencialismo fuerte, o hiper-presidencialismo. Pero ninguna de las dos calificaciones parece tener efecto más allá de lo descriptivo.

¿Y un monarca? ¿Qué es eso? ¿Cómo es una monarquía? ¿Por qué nosotros no tenemos esa forma de gobierno? Se trata de uno gobernando sobre todos. Dirigiendo la fuerza pública, dictando leyes, cobrando tributos. ¿A usted también le subió la luz?

Una monarquía que se degenera, es decir que no vela por el interés general -enseñaba Aristóteles hace más de dos mil años- es una tiranía. Pero si bien el presidente puede tener dotes de tirano, no es omnipotente. Por su bruteza y sus limitaciones la figura más adecuada para la descripción es la de un patrón de estancia.

Entonces ¿se trata de un rey con una corte de obsecuentes, o de un títere obediente de poderes superiores? ¿Acaso el presidente está dirigiendo la economía? ¿Realmente tiene poder sobre el curso de los acontecimientos? ¿Podría evitarlos, detenerlos? Más bien parece estar atado al dictamen del complejo corporativo agro-mediático-financiero y sufrir la sujeción de su propio grupo de pertenencia. Cuando se habla de abrir o liberar la economía, ¿hacia dónde se abre o para quiénes se libera? ¿Presa de qué monstruosos condicionamientos había estado?

Es el mejor equipo en 50 años. Así presentó el presidente a su gabinete de ministros. El de telecomunicaciones, se sorprende de que exista internet. El de ambiente reconoció no tener nada que aportar en el tema. La de seguridad…bueno, es Pato Bullrich. Y la lista sigue, en mayor medida, completada por antiguos empleados de grandes multinacionales sentados ahora en los sillones más importantes de las finanzas públicas.

Lo que se llamó la CEOcracia, el país atendido por sus propios dueños. Nos enfrentamos entonces a la idea de que manden unos pocos, eso es la Aristocracia, que cuando se pervierte, siguiendo con Aristóteles, deviene en una oligarquía, es decir unos pocos que gobiernan para sí mismos.

Al menos si nos centramos únicamente en el plano económico material, los hechos son irrefutables. Mientras los sectores concentrados de la economía han sido beneficiarios de distintos tipos de medidas, la perspectiva de los asalariados no ha mejorado. Sin contar los despidos masivos, solamente por la devaluación, la inflación y el escaso margen de negociación que se vislumbra en las próximas paritarias, el mundo del trabajo dependiente no parece ser el mejor de los mundos. Y ni que hablar de la gran porción informal.

Para la inmensa mayoría de los argentinos, por ahora la prosperidad económica, en el mejor de los casos, va a tener que esperar. Y si bien una buena parte eligió este camino, nadie firmó un cheque en blanco ni se casó con el gobierno, así que la fase de enamoramiento de la ciudadanía puede no coincidir con el ciclo electoral.

En una democracia plena, hacia la que se supone hemos de encaminarnos permanentemente, las palabras son la principal herramienta de construcción. Ya sea por los límites que nos imponen o por su potencial perfomativo, sirven para gobernar. De modo que una detenida examinación y selección de las mismas puede dotar de solidez al proyecto de país que elijamos, ser útil para reformarlo, y también para cambiarlo.

Es verdad que se trata del primer gobierno auténticamente neoliberal y conservador en asumir por la vía electoral. Pero el resultado no fue del todo desparejo. Por eso, no es menos cierto que es tal vez uno de los presidentes que llega con mayores niveles de rechazo. Es que la historia no pasa de largo. Es un río que fluye lentamente dejando sus sedimentos. Los deja en la orilla derecha, pero también en la otra. Al barro hay que darle forma para que se ponga de pie.