“Yo canté tus canciones en los fogones de la Sierra Maestra. Si soy de Misiones, mis padres tenían allí un obraje”. Es lo que le dijo el Che a Ramón Ayala en su encuentro en Cuba, según afirmó este último, en un programa de radio donde rememoró aquel encuentro. Ahí nomás el comandante habría entonado El Mensú. “Me apena no haberme sacado una foto con él, (no lo hice) para que no digan que uno es un aprovechador”, se lamentó el artista.

Alguien dijo que el arte es una mentira que nos acerca a la verdad. Sin registros más que las anécdotas de uno de sus protagonistas, no podemos saber exactamente cómo fue ese episodio tan interesante, en el que no se encontraron solo El Che y Ramón Ayala, sino también personajes como Rodolfo Walsh -rememorará en otra entrevista- además de “un destacado político chileno” de nombre Salvador Allende, y “una luchadora por los derechos del aborigen” -según cuenta Ayala en su relato- quien sería Rigoberta Menchú, luego galardonada con el Premio Nobel de la Paz.

La obra de Ramón Ayala es como una gran ensoñación. Y así es también su biografía: fantástica, episódica, a veces inaprensible. Bajo el título “Confesiones a partir de una casa asombrada”, publicado en 2014 por la Universidad Nacional de Misiones se atesoran sucesos de los más diversos de su vida, donde la realidad y los recuerdos son intervenidos por la creatividad y el cariño que aporta su autor al narrar. Uno de esos relatos, “La región prohibida”, está dedicado especialmente al viaje hacia esa enigmática cumbre de próceres.

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“La región prohibida”, por Ramón Ayala

Corrían ya los años 1962 cuando aconteció algo inusitado. Desde la zona conflictuada del Caribe, llegaba a mí el llamado.

Me hallaba, paleta en mano, junto al pintor Juan Santoro en un rincón del Dock Sud trasladando al lienzo unas quintas en donde la remolacha oscura contrastaba con el verde rutilante de las lechugas y, el perejil tendía su abanico verdoso al borde de las acequias espejando el cielo, cuando recibí la noticia desde Cuba. Había sido elegido entre otras personalidades de las artes, la ciencia, la literatura y la política para integrar el plantel de personas representativas de Latinoamérica. Era un evento cultural que debía llevarse a cabo durante y después de las celebraciones del 26 de Julio.

El I.C.A.P. Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos me distinguía con esta invitación por el sentido social de mis obras en los festejos de la revolución cubana.

Eran momentos en que viajar a Cuba equivalía a sacar un pasaje hacia el mismo infierno. Todo debía realizarse de manera misteriosa. Existía el temor de confesarlo hasta a los íntimos amigos, porque las fuerzas contrarias velaban por ahogar cualquier intento de adquirir hábitos que no fueran los de nuestra máxima eminencia del norte. Ni siquiera para obtener información o evidencias de la vida del pueblo cubano, en esas latitudes.

Caminando sobre el filo de la navaja, embarqué desde Montevideo con una enorme valija que contenía libros, recortes de diarios y elementos que avalaban mi proyección artística. Botas, trajes de gaucho, ropas, caja de óleos y una guitarra. Iba prevenido contra cualquier contingencia que pudiera dar con mis huesos en ciudades o playas de Latinoamérica.

Aterricé en Río de Janeiro, con una lluvia torrencial, buscando una calle de extraño nombre. Allí debía levantarse el edificio de la embajada Cubana. Su nombre era J. de Alma Ullrich. Nadie había oído jamás nombrar dicha “rua”. Ni el taxista que me paseara por Copacabana, ni las personas a quienes misteriosamente interrogaba, en mi incipiente portugués, daban señales que me orientaran. Ponía yo un acento casi alemán en la pronunciación para mayor clarificación de mi nombre, pero más lejos situaban mi apetecida calle.

“Nao rapaiz, nesta cidade nao e, aquí, en Copacabana nao existe.”

Hasta que alguien me arrebató el papel conteniendo las señas buscadas y estalló la alegría…Rapáiz…a rua Dalmaurík, e aquí perto do morro… vocé tein que caminhar duas cuadras… nada mais!

Desconfiado hasta de mi sombra, para no dar pistas a los “agentes de la CIA” que supuestamente podrían detectarme, pude por fin dar con los cubanos, en un alto edificio, junto al morro.

No entendía el idioma brasilero, e iba hacia un país prohibido en el planeta. Llevaba mi billetera empobrecida y hacía solamente un desayuno frugal, en el hotel que me alojaba, pues debía aguardar el vuelo adecuado. La embajada me preveía del hotel, pero no de las comidas mayores. Un mediodía, observando un atrayente cartel, en el que se anunciaba cierto “caldo de cana”, mi apetito contenido me hizo imaginar un suculento plato de caldo de gallina. Cuál no sería mi sorpresa al ver desaparecer un trozo de caña de azúcar entre los dientes de un molinete, convirtiéndose en un líquido de melaza oscura.

Festejamos el 26 de Julio en Niterói, pequeña isla frente a Río de Janeiro entre canciones y personas con vida en los ojos. Al día siguiente embarqué en la Cubana de Aviación rumbo a La Habana. Volamos sobre un inmenso volcán, en la cordillera, lleno de lava en ebullición. Fuimos por ciudades y lagos de la altiplanicie, atravesando el mar, hasta el arribo en el aeropuerto final.

La alegría y la confianza dibujadas en los rostros de las personas que llegaron a recibirnos ahuyentaron de mi alma secretos temores. Llegamos a un lujoso hotel situado en la región de El Vedado. El hotel poseía idéntico nombre. Era ésta, antes de la revolución, una zona destinada a los millonarios, propietarios de paradisíacas mansiones, con puertos propios, embarcaciones fastuosas y, lógicamente, vedada al resto del pueblo.

Allí almorcé con artistas, escritores, científicos y campesinos, los que por su feliz desempeño en las labores y las cosechas, eran premiados con viajes y estadías en La Habana. Saludé allí al historiador revisionista argentino José María Rosa, al destacado político chileno Salvador Allende, a una abnegada luchadora indígena por los derechos del aborigen, con su traje colorido y típico, de quien lamentablemente no recuerdo el nombre. A varios argentinos y uruguayos que formaban un amplio espectro de la cultura, junto a personas de otras naciones hermanas.

El hotel poseía una discoteca de baile, piscina de natación, suntuoso salón comedor en planta baja, un amplio y lujoso hall y sábanas de finísima calidad. El ascensor no tenía el número trece, porque los millonarios eran supersticiosos.

Nos embarcamos una mañana en un Cadillac grande y blindado que había pertenecido al tirano Fulgencio Batista, con capacidad para ocho personas cómodamente sentadas. Componíamos el grupo un historiador mexicano, un artista plástico ecuatoriano, una cónsul cubana en París, con su esposo, un poeta francés, un político de Bolivia y mi persona. Íbamos rumbo a Santiago de Cuba, en la costa oriental.

Mi condición de curioso-sociólogo-amateur me llevaba a meter las narices en cuanto lugar interesante apareciera ante mis ojos. Desde conversar con una prostituta recuperada por la revolución hasta el encuentro en recónditos lugares con músicos, poetas, y otros estamentos del pueblo.

En Santiago de Cuba vivía un doctor argentino que había realizado un largo viaje desde nuestro país hasta Centroamérica montados en sendas motocicletas, junto al Che Guevara.

Peligros del camino, pueblo sumergidos de la cordillera, seres condenados a vivir en permanente miseria por imperio del saqueo sistemático de las grandes potencias en sus mil y una formas de penetración económica y cultural, desfilaban -según sus palabras- ante sus sentidos. Consistía el viaje en dormir bajo las estrellas, participar en labores de la medicina, en hospitales del camino, observar los fenómenos sociales en que el hombre aborigen sufre el abandono y la falta de protección de los mandatarios supuestamente civilizados y, entre otras actividades, llevar bonanzas a los enfermos de un leprosario en Manáos, en donde permanecieron curando varios meces.

– Ya que hablamos tanto sobre la condición social -preguntaba al Che su acompañante-, sobre el sometimiento del hombre, dueño verdadero de las riquezas de su tierra, esclavizado y de pie frente a un futuro incierto, ¿qué harías vos por estos pobres indios, abandonados?

– Nada que no fuera con un fusil en las manos… porque las grandes multinacionales tienen el corazón de hielo y las lindas palabras, en estos casos, sólo sirven para el engaño y la muerte sistemática, respondió el Che.

Sendas de las montañas, caminos de la selva, senderos de los valles los desembocaron un día en regiones de Guatemala. Llegaron al vértigo de la contra-revolución impulsada por el coronel Castillo Armas, servidor de espurios intereses. La lucha sin cuartel estaba dada para lograr el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz, escritor y estadista elegido por el voto popular. Aviones y balaceras caían sobre los campesinos que denodadamente apoyaban la lucha de su presidente, quien con una mentalidad popular y justiciera había logrado establecer importantes adelantos en el orden social en beneficio de los trabajadores, constituyéndose así en un peligro factible de ser imitado por Latinoamérica.

Supieron, entonces, de la ferocidad de las fuerzas mercenarias disfrazadas con caretas de Liberación Nacional al servicio de la CIA cuyo jefe, mister Alan Dulles, se frotaba las manos de satisfacción siniestra. Campesinos que transitoriamente gozaron de una pequeña fracción de paz, en su propio patrimonio, aparecían colgados en faroles del alumbrado público. Cañaverales y cafetales comprendidos en terrenos de la reforma agraria, incendiados por bombas arrojadas desde los aviones de la muerte.

Supe, entonces, por su voz emocionada, de la huída del Che hacia México cuando las fuerzas reaccionarias habían detectado la presencia de personas con mentalidad progresista, que en la barahúnda de muerte y saque trataban de organizar a los hombres enloquecidos por la guerra.

Hasta allí, por el mar, también llegado Fidel Castro. Venía expulsado de Cuba por el tirano Batista, ante la imposibilidad de ejecutarlo debido a la popularidad crecida alrededor de su persona. Fidel, abogado de su causa, que había ejercido una brillante y pública autodefensa, luego de ser apresado, una vez sofocado el audaz ataque al cuartel Moncada en el que murieron la mayoría de sus compañeros a manos de los esbirros del tirano, salvó su vida emigrando a México.

Supe del encuentro de estos seres con destino de eternidad, que para algunos son la sombra y para otros la luz, angustiados por la viacrucis de los hombres postergados de nuestro continente.

Supe del calvario de sus pulmones atacados por el asma, hasta el subrepticio ingreso a tierra cubana. Un quijotesco “grupo liberador”, encaramados en el pequeño vapor “Granma” sobre las ciénagas de Zapata.

“El éxodo fue penoso hasta la Sierra Maestra. Las luchas desde el alba, las muertes de los compañeros irrecuperables, el avance del ejército de Batista, la incorporación de los campesinos de conciencia iluminada a las huestes patriotas, la lucha transvasada a las ciudades de Santiago de Cuba, Camagüey y otras por secretos cauces, nos tenían en vilo” concluía nuestro doctor.

Volvimos, entonces, a La Habana pasando por Camagüey. El Che Guevara trabajaba por las noches en su oficina del Ministerio de Industrias. Era el compañero ministro, o el Che, simplemente. Ejercía su ministerio nocturno corrido por el bochornoso calor que azota a la ciudad en los meses del verano. El sol caribe es arrollador y tiende su luminosidad avasallante por las costas espumosas del mar de pescadores, las playas de intensa arena resplandeciente, recluyendo a los habitantes bajo techo.

Recibió a la delegación a la una de la madrugada, con un rostro descansado y fresco. Su barba, no abundante, rodeaba un continente franco y ligeramente sonriente, con profundidades ocultas en sus ojos, los que llameantes, a veces, seguían el rumbo de las manos que se acercaban a saludarlo. Dio la casualidad de que me situaron a su lado, casi en un vértice de la mesa que nos contenía.

Allí estaban José María Rosa, Salvador Allende, políticos y estudiosos de la Argentina y el Uruguay. Tomé asiento y lo escuché. Era calmo y distendido, como los maestros acostumbrados a esclarecer a su auditorio. Su voz, cálida y ocurrente, pasaba de la ironía a la cosa profunda con facilidad. Para expresar los últimos acontecimientos, la recuperación de las industrias y los valores del país, se entusiasmaba. Hablaba de un sistema de emulación para estimular los trabajos entre los integrantes de su grupo y el que conducía Fidel Castro, en la puesta en marcha de la incipiente industria pesquera.

Se refería a la equiparación de sueldos en el escalafón de los trabajadores, con relación a la propia antigüedad en el puesto, a su capacidad de trabajo. Frente a un organigrama dibujaba, en un pizarrón. Nombraba a la cultura popular con vehemencia y, a los desvelos por elevar el poder cognoscitivo del pueblo. Decía que un pueblo culto adquiere conciencia de sus derechos y los defiende a capa y espada. En cambio el ignorante es capaz de apoyar a las fuerzas regresivas que socavan su propio suelo, en el desconocimiento que no le permite ver el rabo del diablo debajo de la sotana.

Respondía preguntas capciosas de algún miembro de la delegación sobre el respeto del Estado Cubano hacia las congregaciones religiosas, en especial a la iglesia católica.

– No es mi especialidad el área santa -contestaba- pero puedo asegurarles que el Estado Cubano propicia el derecho de todo habitante que desee acercarse a Dios, por el medio que fuere, en todo el territorio de la república. Tratamos de que nuestros sacerdotes sean de extracción latinoamericana, o cubana, porque Dios debe estar bien informado de lo que ocurre en la tierra, tan lejos de los intereses que mueven ciertas congregaciones religiosas. Aquí habitan todas; las verdaderas permanecen, las otras emigran… -y sus ojos se hundían en una secreta sonrisa episcopal.

Recuerdo aún su apretón de manos, cálido, comunicativo, al despedirnos. Nunca más volvería a verlo con vida. El tiempo lo llevaría a la eternidad, por las gestas, en las montañas de Bolivia.

Un día amanecieron naves amenazantes, en el horizonte de las aguas territoriales de Cuba. Fragatas misilísticas, acorazados rondando inquisitorias. Entonces y, verdaderamente preocupado, le manifesté al delegado que velaba por nuestro bienestar, sobre la alarmante voz de un posible ataque de las fuerzas de la república. Estimo que este revuelo se debía -en ese entonces- a la creencia de que en cierto lugar de Cuba se hallaban ocultas bases de cohetes misilísticos armados por la Unión Soviética.

“Y ustedes, ¿no tienen miedo, che -le dije- con este panorama tan peligroso, con todo este despliegue de armamentos y barcos, casi en la puerta del país?”

“Mira chico -me contestó el cubano, muy calmo.- Nosotro´ no e´tamo solo. Mira… tenemo´ el apoyo de lo´ chino también, y pa´ que tú vea, si tú tira un chinito en un campo, a la noche… al día siguiente amanece lleno de chino´. ¡Se dan silvestre´ muchacho!”

Estábamos en Santiago de Cuba. Un largo pasillo de tinieblas lleva, al doblar de una violenta ele, a la celda que ocupara el poeta-patriota José Martí en tiempos, todavía, de su adolescencia.

El antiguo fuerte español se levanta a orillas del mar Caribe, como en la época de las luchas de la independencia española. Allí alumbrado con migajas de luz, el poeta escribió versos universales impregnados del espíritu revolucionario y filosófico que lo llevarían a la muerte, años más tarde, en los campos de batalla.

Cultivo un rosa blanca
en Julio como en Enero
para el amigo sincero
que me dé su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo
cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.

Me alejé del fuerte, en cuyas entrañas un museo guarda los instrumentos de tortura con que los antiguos amos de Cuba amansaban a los rebeldes. Me asomé a las almenas de una altísima torre para ver la esmeralda del mar y, casi a flor de agua, como una sombra triangular, pude observar las circunvalaciones de una gigantesca manta-raya llamada “el obispo”.

Más allá el horizonte misterioso. Los versos de Martí bajaban conmigo las escaleras de piedra, con alas gigantes, desde su remota prisión de tinieblas.

 

 

Fuente: “Confesiones a parir de una casa asombrada”, Ramón Ayala. Rosario: Editorial Separis – Posadas: Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones, 2014.